sábado, 15 de septiembre de 2018

Llegamos a la Laponia Noruega!!!


Después de una visita express a Bodø, capital de la provincia de Nordland, nos embarcamos con destino a Lofoten. 
El Hurtigruten navegaba con la serenidad que otorga la veteranía en estos mares y, después de una escala en Stamsund, puso rumbo paralelo a la costa hasta Svolvaer en un tramo con excelentes vistas de las montañas que custodian los fiordos. Svolvaer es la ciudad más importante de las islas Lofoten, allí los veranos no tienen noche y el panorama deslumbra sin pausa día tras día.

Para poder rodar a nuestro antojo alquilamos un auto híbrido, que resultó un austero compañero de viaje. 
Programamos una hoja de ruta  que se fue modificando cada vez que nos cruzábamos con algún paisaje imperdible, una playa escondida, o algunos robuer, donde se alojan los pescadores durante la temporada de captura del Bacalao, y en verano se alquilan a los turistas. 
Afortunadamente la carretera E10 nos ayudó a retomar la buena senda y, aunque en sitios con vista panorámica frecuentemente había algún motor home, nunca vimos a los dueños, de modo que los escenarios relucían solo para nosotros.


Poco a poco y de isla en isla, fuimos familiarizándonos con nombres como: Nusfjord, un encantador pueblo de pescadores; y Moskenesøya, desvió de referencia para llegar a una antigua Bakery, donde una joven panadera no daba descanso al viejo horno de piedra, que abasteció de panes y pasteles a más de 5 generaciones. Desde allí allí caminamos hasta la costa, donde las casas y los almacenes de madera se asientan sobre palafitos, para facilitar el abastecimiento desde el agua.
A pesar de no estar en temporada de pesca, las puertas estaban abiertas, y pudimos observar redes sogas y otros y enseres ordenados con una estética tan cuidada, que  me hubiera gustado saber si se trataba de un pequeño museo local, o era el almacén de un pescador que hacía de su oficio un arte.
El trayecto entre Svolvaer y Å i Lofoten nos llevó un buen tiempo, y no  precisamente porque la velocidad máxima en Noruega fuera de 80 km, sino porque no podíamos dejar de detenernos frente a vistas imperdibles, pequeños puertos, y hasta secaderos de bacalao al aire libre, el testimonio de la laboriosidad de un pueblo para el que la adversidad fue un desafío del que salieron airosos.


En Svolvaer nos movíamos como pez en el agua. Podíamos observar por la mañana el movimiento del mercado, caminar por el puerto para capturar la imagen de los almacenes de madera duplicada sobre el agua, o recorrer tiendas de diseño. Mi favorita era  NNSK (su nombre completo es difícil de recordar) donde nos deleitábamos con objetos de muy buen diseño, y obras de artistas noruegos.

Por otra parte, disfrutar de la gastronomía regional fue un programa muy gratificante.  El primer restaurante visitado fue Vestjord donde, por lo avanzado de la hora, éramos los únicos comensales, fuimos testigos de la tradicional amabilidad noruega y  probamos por primera vez el Bacalao noruego fresco.
No tuvimos la misma suerte en el restaurante  
del Scandic, donde estaban ocupados con un evento y tuvimos que conformarnos con probar algunas entradas del bufe.



En Henningsvaer, un atractivo pueblo de pescadores con tiendas muy interesantes, nuestro restaurante favorito fue Fiskekrogen, porque además de tener muy buena vista, la elaboración de los productos locales era exquisita, como las Croquetas de bacalao con mayonesa de trufas, los mejillones con vino blanco y el bacalao.
Finalizada la cena nos  acercamos para felicitar al chef y terminamos en una simpática charla con los cocineros, sobre las ventajas culinarias del bacalao fresco, y el prestigio de la carne argentina.

En Lofoten tuvimos la suerte de contar con días excepcionales para admirar el sol de medianoche, un luminoso espectáculo del que disfrutamos desde lo alto de los acantilados y en la playa. 
Llegábamos al lugar elegido algunos minutos antes de la 1am, cuando el sol se veía muy cerca del horizonte y, sin ceder ni por un minuto el protagonismo dominaba la escena y la coloreaba con nuevos brillos. Todo parecía cambiar en un abrir y cerrar de ojos, mientras nosotros intentábamos guardar esas imágenes para siempre.     




En Nordland la noche no tiene cabida durante el verano y cuando el calendario marcaba el avance de un nuevo día, nos parecía extraño caminar por la playa bajo una increíble luz rosada, o cruzar la plaza de Svolvaer totalmente desierta, donde solo las flores permanecían en sus puestos hasta la apertura del mercado.

El buen tiempo llego a su fin y partimos a Tromsø con atraso, por falta de visibilidad para el vuelo. 
Los aeropuertos en Lofoten son pequeños, tienen lo justo para atender el arribo y la partida de aviones turbo hélice. Sin embargo, previendo los reveses climáticos, tienen una biblioteca pública con textos en noruego, en inglés y abundante literatura infantil.





Afortunadamente habíamos disfrutado del espectacular sol de medianoche en Lofoten, porque en Tromsø los nubarrones  se empecinaban en ocultarlo todo.
Contagiados del espíritu nórdico tomamos la lluvia con naturalidad y salimos a caminar por Storgata y alrededores, donde las antiguas casas tradicionales cuidadosas de la intimidad, conviven con la moderna  arquitectura de la biblioteca pública, que integra la luz exterior a través de enormes ventanales. Precisamente esa estructura transparente que en verano se ilumina con el sol, debe lucir como un faro durante la larga noche de invierno.
Al comienzo del recorrido nos sentimos un poco defraudados, las calles parecían  desiertas y todos los negocios cerrados, hasta que un bullicio cada vez mas intenso nos guió hasta el Sport Center, un lugar repleto de jóvenes, donde se transmitía en directo un partido del mundial. Se había roto el hechizo de la quietud y,  mientras los bar tender no daban abasto sirviendo pintas de cerveza Mack, las mozas regresaban haciendo equilibrio con torres de vasos vacíos.
En ese lugar estaba todo lo que buscábamos, la cerveza y la oportunidad de socializar con quienes mejor conocen la ciudad y, de ese encuentro casual, obtuvimos  interesantes alternativas al programa de medianoche que parecía esquivo. Viajamos en transporte publico, visitamos la Universidad, la Biblioteca Publica, la Catedral Polar y el Cable Carril para apreciar la mejor vista panorámica de la ciudad,



Nos gustaba pasear por la costanera, donde las únicas infractoras eran las gaviotas, que hurgaban en los recipientes de basura y ensuciaban las veredas, mientras el paisaje y los edificios costeros era digno de una postal.
A punto de partir de la Laponia Noruega nos despedimos en el antiguo Pub Ølhallen, ubicado estratégicamente frente a la fábrica de cerveza Mack. Un  bar oscuro y misterioso que parecía guardar las historias que relataron los cazadores de osos polares, uno de cuyos  ejemplares se erguía amenazante cerca de nuestra mesa, mientras bebíamos la última cerveza. 
Una bruma impiadosa nos impidió volver a ver el sol de medianoche, sin embargo, haber estado 350 Km al norte del círculo polar ártico, en el punto de partida de las expediciones polares, una tierra de largas noches y de sol omnipresente, fue suficiente para que nuestro periplo noruego sea inolvidable.















sábado, 1 de septiembre de 2018

Mi periplo por Noruega


Arribamos a Bergen en ocasión de una boda familiar y, con ayuda de los novios, organizamos un recorrido hasta Tromso donde esperábamos ver el sol de medianoche.

Nuestra llegada coincidió con el inicio del verano boreal. La ciudad de Bergen fue nuestro punto de partida y Tromso el destino más septentrional y, entre ambos, elegimos algunas ciudades de interés para programar las escalas.
Tomamos la precaución de hacer las reservas de hoteles y pasajes con cierta anticipación y todo fue sobre ruedas. Aunque teniendo en cuenta la  geografía del lugar, también fue sobre rieles, sobre agua y sobre grandes nubarrones.

El programa de celebraciones familiares finalizó en Aheim, 320 Km al norte de Bergen, y desde allí partimos a Ålesund en transporte local. La idea de tener que combinar Buses y Ferry no era muy alentadora, sin embargo, el viaje resultó un agradable paseo entre pueblos encantadores y combinaciones, tan puntuales, que ni siquiera tuvimos oportunidad de equivocarnos.


Desembarcamos en medio de una lluvia torrencial y, pasados por agua, nos refugiamos en Bro As, una cafetería encantadora con vista al fiordo, donde entre café, masas y buena calefacción, nuestra ropa se secó y salimos a chapotear por Apotekergata, una de las calles mas populares de la ciudad, y por el canal Brosundet.
Ålesund nos sorprendió por su arquitectura Art nouveau, estilo en auge a principios del siglo XX, epoca en la que se reconstruyó el centro urbano después del devastador incendio de 1904. El modernismo de este barrio contrasta con las edificaciones de madera de las islas cercanas, que aunque diferentes, le aportan un entorno muy colorido.
Es una ciudad muy atractiva y diferente hasta en la Å con sombrero de la inicial, que me dificultaba la búsqueda alfabética, y me llevó a pensar que las Å distinguidas son mas esquivas que las A ordinarias.  

Un paseo en el Bus turístico nos permitió ampliar el recorrido hasta los barrios residenciales, transitar por un camino empinado, construido por los prisioneros rusos durante la ocupación alemana, admirar el verde veraniego de plazas y jardines, y visitar el mirador del monte Aksla, que ofrece una deslumbrante vista panorámica.






Finalizado el tour y acosados por una nueva amenaza de lluvia hicimos un almuerzo tardío en Lys Punktet Café, donde probé la deliciosa sopa de pescado, servida en un bowl  XL y acompañada de panes artesanales. A partir de ese almuerzo, la fish soup secundó al salmón salvaje en el ranking de comidas favoritas.
Terminamos el día embarcados en el Hurtigruten, el expreso costero que parte del puerto de Bergen, y navega hasta las costas más septentrionales de Noruega, con el que se inauguro el servicio postal.  
Nuestro destino era Trondheim y, con la ventaja que nos daban las 24 horas de luz,  disfrutamos del paisaje con una vista de 360 grados, mientras tomábamos la primera cerveza Mack.
Después de un sueño reparador, saltamos de la cama con el tiempo justo para una ducha, y desembarcamos con la ilusión de conocer una nueva ciudad costera. 
Afortunadamente, con ayuda de TripAdvisor,  encontramos el lugar ideal para desayunar: Rosemborg Bageri, una pastelería de 1902, donde los productos eran tan tentadores que nuestros ojos resultaron más grandes que la barriga.




 Teníamos un día entero para conocer Trondheim y, livianos de equipaje, caminamos por una ciudad tranquila, con buenas vistas y gente muy amable con los turistas.
Visitamos la Catedral de Nidaros, la mas importante de Noruega, construida en el S XI  sobre un santuario de la Edad Media y reconstruida posteriormente en estilo gótico. 
Fue un importante centro de peregrinación, y hasta principios del S. XX, el templo donde se coronaban los reyes noruegos. Los muros exteriores, adornados con hileras de santos esculpidos, y el magnífico rosetón, lucían en todo su esplendor bajo la obstinada luz del verano. Mientras en el interior, después de una interesante visita guiada, disfrutamos de un concierto de órgano que colmó de música toda la catedral.  
Completamos nuestra gira cultural con las visitas al Museos de Artes Decorativas y al Museo de Bellas Artes. Una buena oportunidad para apreciar el arte noruego contemporáneo.





Con tiempo suficiente para deambular por la ciudad, también recorrimos los barrios residenciales, y las estrechas calles empedradas con pequeñas casas blancas, en las que todo parecía transcurrir puertas adentro.  
También cruzamos por el puente rojo, desde donde apreciamos la mejor vista de los almacenes de madera alineados a orillas del rio Nidelva y, siguiendo una buena costumbre, elegimos cuidadosamente el restaurante para despedirnos de Trondheim. 
El favorito fue Bakklandet Skydsstasjon, un restaurante de nombre impronunciable pero buena comida, que desde 1791 ofrece platos tradicionales en una vieja casa de madera, con las mesas distribuidas en pequeños ambientes. En este lugar la sopa era simplemente una entrada, y el plato fuerte un sabroso arenque fresco y las muy recomendadas tartas caseras.





Finalmente subimos al tren nocturno con destino a Bodo. Teníamos por delante 700 km de paisajes imperdibles con la veraniega luz de día, que nunca vimos, porque cuando el tren se puso en movimiento caímos en la cama vencida por el sueño. Un descanso que me hizo perder el momento del cruce del círculo polar, que había imaginado un suceso para celebrar.
Después de una visita a vuelo de pájaro por Bodo, nos embarcamos nuevamente en el Urtigruten para cruzar a las islas Lofoten. Un viaje de 6 horas en las que zigzagueamos entre un paisaje muy atractivo y las emociones del partido de Argentina y Francia y, aunque el resultado fue adverso, el mal trago fue compensado por el triunfo de Uruguay frente a Portugal.
Desembarcamos en Svolvaer después de las 23 h , con una claridad que nos facilitó ubicar el hotel a lo lejos y, mientras nos encaminábamos en esa dirección,, vimos un mural que parecía responder a la búsqueda de una señal precisa sobre nuestra ubicación sobre el círculo polar ártico. Esa novedosa escultura, en medio de una ciudad desierta, fue la mejor bienvenida  a Nordland.