Siguiendo el trote de Gengis Kan
Llegamos a Ulan Bator (UB), la capital de
Mongolia, con el propósito de viajar en el legendario Transiberiano. Sin
embargo, no estábamos dispuestos a
subir al tren sin conocer algo de lo que fuera el gran Imperio Mongol.
Con la ayuda de Bob y Ogi, los managers del
Golden Gobi, decidimos aventurarnos por la Región Central con la intención
de recorrer las famosas estepas y asomarnos a la región montañosa hacia el
norte.
Partimos con nuestros amigos en compañía de un chofer
que sólo hablaba mongol, y de un simpático guía en inglés llamado Batar, que
sería nuestro intérprete, cocinero, narrador y hasta curandero en caso de
alguna emergencia.
La antigua Van rusa en la que nos trasladábamos
era un vehiculo bastante pintoresco al que el chofer cuidaba con recelo, y en
el que, aunque seis pasajeros no viajáramos demasiado cómodos, teníamos ese
toque vernáculo que hacía más atractiva la aventura.
A medida que nos alejábamos de UB, avanzábamos
por las estepas mongolas impactados por la visión de su desmesura.
De vez en cuando, la circunferencia blanquecina
de alguna tienda mongol se distinguía como pintada en el paisaje y, en cientos
de kilómetros, no pudimos descubrir un solo árbol. Cruzamos sin embargo varios
rebaños de ovejas y de cabras, y alguna que otra tropilla de los famosos
caballos mongoles que cabalgan libremente por las estepas.
Ocasionalmente aparecía algún pastor haciendo
el arreo a caballo con el trotecito corto que los distingue, casi parado sobre
los estribos y dejando ver la pequeña montura que permitió a los bravos
guerreros Kan girar con facilidad para disparar sus flechas.
Estuvimos en Elsen Tasarkhai, considerado por
nuestro guía como las puertas del Gobi, donde paseamos en camello por las dunas
de arena.
También hicimos un extenso recorrido por la
reserva natural Khogno Khan, donde pudimos disfrutar de un paisaje en el que
las estepas se fusionan con antiguas montañas de granito.
Allí visitamos algunas familias nómades. Sus
viviendas desmontables, llamadas Ger, son prácticas y sencillas, tienen una
cocina siempre humeante en el centro, las camas y los muebles formando un gran
círculo alrededor y un espacio libre, en el que llegamos a estar 10 personas
entre locales y visitantes.
El exterior está recubierto por una resistente tela
blanca, y todo en su interior es colorido: las mantas, los muebles, la puerta,
y las alfombras que tapizan las paredes para aislar del calor abrasador en
verano y de las temperaturas de -40° en invierno.
Nosotros dormíamos en Gers más simples, con las
6 camas ubicadas alrededor de una cocina – estufa, que debíamos alimentar durante
la noche, para protegernos del frío.
Los preparativos para el acampe empezaban antes
del anochecer cuando, aprovechando la luz que entraba desde el techo, cada uno desplegaba
su bolsa de dormir sobre la cama elegida.
Una vez instalados, disfrutábamos de tiempo
libre para hacer trekking por estepas y montañas, visitar la antigua capital y
conocer el magnífico Monasterio budista Erdene Zuu.
Todas las noches comíamos bajo las estrellas
que, aunque se hacían esperar, terminaban engalanando el cielo con un brillo
sorprendente; un lujo que contrastaba con la austeridad del menú.
Al final del día, me regocijaba pensando que
por las estepas recorridas habían cabalgado Gengis Kan y sus temerarios
guerreros, y que haber conocido familias que constituyen el reservorio de
costumbres, saberes y leyendas de esos lejanos tiempos, fue todo un privilegio.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario