viernes, 16 de octubre de 2015

En las Estepas de Mongolia

Siguiendo el trote de Gengis Kan   



Llegamos a Ulan Bator (UB), la capital de Mongolia, con el propósito de viajar en el legendario Transiberiano. Sin embargo,   no estábamos dispuestos a subir al tren sin conocer algo de lo que fuera el gran Imperio Mongol.
Con la ayuda de Bob y Ogi, los managers del Golden Gobi, decidimos aventurarnos por la Región Central con la intención de recorrer las famosas estepas y asomarnos a la región montañosa hacia el norte.


Partimos con nuestros amigos en compañía de un chofer que sólo hablaba mongol, y de un simpático guía en inglés llamado Batar, que sería nuestro intérprete, cocinero, narrador y hasta curandero en caso de alguna emergencia.
La antigua Van rusa en la que nos trasladábamos era un vehiculo bastante pintoresco al que el chofer cuidaba con recelo, y en el que, aunque seis pasajeros no viajáramos demasiado cómodos, teníamos ese toque vernáculo que hacía más atractiva la aventura.



A medida que nos alejábamos de UB, avanzábamos por las estepas mongolas impactados por la visión de su desmesura.
De vez en cuando, la circunferencia blanquecina de alguna tienda mongol se distinguía como pintada en el paisaje y, en cientos de kilómetros, no pudimos descubrir un solo árbol. Cruzamos sin embargo varios rebaños de ovejas y de cabras, y alguna que otra tropilla de los famosos caballos mongoles que cabalgan libremente por las estepas.


Ocasionalmente aparecía algún pastor haciendo el arreo a caballo con el trotecito corto que los distingue, casi parado sobre los estribos y dejando ver la pequeña montura que permitió a los bravos guerreros Kan girar con facilidad para disparar sus flechas.
Estuvimos en Elsen Tasarkhai, considerado por nuestro guía como las puertas del Gobi, donde paseamos en camello por las dunas de arena.



También hicimos un extenso recorrido por la reserva natural Khogno Khan, donde pudimos disfrutar de un paisaje en el que las estepas se fusionan con antiguas montañas de granito.
Allí visitamos algunas familias nómades. Sus viviendas desmontables, llamadas Ger, son prácticas y sencillas, tienen una cocina siempre humeante en el centro, las camas y los muebles formando un gran círculo alrededor y un espacio libre, en el que llegamos a estar 10 personas entre locales y visitantes.
El exterior está recubierto por una resistente tela blanca, y todo en su interior es colorido: las mantas, los muebles, la puerta, y las alfombras que tapizan las paredes para aislar del calor abrasador en verano y de las temperaturas de -40° en invierno.





Nosotros dormíamos en Gers más simples, con las 6 camas ubicadas alrededor de una cocina – estufa, que debíamos alimentar durante la noche, para protegernos del frío.
Los preparativos para el acampe empezaban antes del anochecer cuando, aprovechando la luz que entraba desde el techo, cada uno desplegaba su bolsa de dormir sobre la cama elegida.
Una vez instalados, disfrutábamos de tiempo libre para hacer trekking por estepas y montañas, visitar la antigua capital y conocer el magnífico Monasterio budista Erdene Zuu.


Todas las noches comíamos bajo las estrellas que, aunque se hacían esperar, terminaban engalanando el cielo con un brillo sorprendente; un lujo que contrastaba con la austeridad del menú.
Al final del día, me regocijaba pensando que por las estepas recorridas habían cabalgado Gengis Kan y sus temerarios guerreros, y que haber conocido familias que constituyen el reservorio de costumbres, saberes y leyendas de esos lejanos tiempos, fue todo un privilegio.


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