martes, 8 de agosto de 2017

Me encanta vacacionar en la Bahia de Ferradura.



Tal vez porque nos hospedamos en una de las casas con más encanto de la Bahia, porque sus dueños son estupendos anfitriones, o porque somos levemente hedonistas, Buzios siempre tendrá para nosotros un disfrute asegurado y hasta estamos convencidos que en la Bahía de Ferradura todo el año es temporada.
Es el lugar ideal para disfrutar de un mar amigable, practicar deportes náuticos, hacer largas caminatas por la playa y dejarse tentar por una amplia oferta de sabores: agua de coco, milho quente, queijo na brasa, cerveza fresca, acaí con banana, y helados de frutos tropicales. Sin pasar por alto las atractivas tiendas ambulantes, con percheros repletos de atuendos y accesorios veraniegos.
Insólito spa es nuestro punto de llegada y desde allí tenemos varias opciones: volver navegando en el gomón, desandar el trayecto caminando, zambullirnos en el último tramo para evitar el sendero de las piedras, aventurarnos a nadar desde una orilla
a otra y hasta llegar rompiendo las olas en sky.
El abanico de preferencias es amplio y cada cual regresa a su aire. Sin embargo, el programa que tiene asistencia perfecta, es el que corona todas las actividades playeras: un estupendo copetín que baja a la playa en bandejas rebosantes de entremeses, licuados y caipiroshkas, a las que nos abalanzamos sin pudor.



Los almuerzos son invariablemente tardíos, y entre degustaciones y animadas charlas se prolongan hasta el atardecer, cuando el oleaje se colorea con el reflejo de las luces que zigzaguean sobre el agua. Entonces, la movida se traslada al Playroom para disputar reñidos campeonatos de pin pon, y continúan en el Home Theater con las últimas novedades de cine y series.
En Buzios hay muchas playas encantadoras, pero estamos tan afincados en la Ferradura, que las esporádicas visitas a Brava, Tartaruga, Forno y Osos, suelen hacerse navegando en el Fortuna, desde donde alcanzamos la costa después de un buen chapuzón.
Por las noches solemos recorrer la Rua das Pedras, el polo fashion de la ciudad, donde también se concentra una oferta gastronómica que hizo historia en el lugar. 





Tengo un simpático recuerdo de esta calle emblemática en nuestras primeras visitas, en las que a poco de llegar corría sin pausa hasta la boutique  Abracadabra, en busca de las prendas imprescindibles para adoptar el informal y atrevido estilo buziano: biquinis mínimas, pareos con estampados tropicales y ojotas Hawaianas, un calzado que contra todos los prejuicios fue cruzando barreras y hoy chancletea por el mundo entero.
En la actualidad todas las marcas quieren estar presentes en esta calle empedrada, aportando una fisonomía glamorosa a este antiguo pueblo costero.
También el tradicional puerto de pescadores cambia su imagen al atardecer, cuando las luces atenuadas por el follaje señalan los senderos que llevan hasta atractivos bares y restaurantes, en un ambiente íntimo en el que uno de mis lugares favoritos es Dona Jo, el restaurante donde  el steak tartar es un plato imperdible.


Solemos hacer alguna escapada a Buzios durante la semana de mayo, para aprovechar los días cálidos, la bahía tranquila y la casa alborotada con una exótica celebración del día de la patria, en la que los colores brasileños se enlazan con cintas celestes y blancas.
Por su parte, la visita de primavera tiene una convocatoria asegurada por la celebración del aniversario del dueño de casa, donde conspicuos personajes locales y huéspedes habituales, nos relamemos frente al esperado despliegue de bandejas repletas de Langostas y Champagne Don Perignon. Es un festejo muy divertido, porque una vez terminado el almuerzo y las versiones del Feliz Cumpleaños en varios idiomas, entra en escena una orquesta y la recepción se transforma en una animada pista de baile.
Pero invariablemente enero es el mes más concurrido del año. Son las vacaciones de verano y el rango de edad de los huéspedes se amplía notablemente.  La casa adquiere un ritmo y una animación diferente y todos nos sumamos a nuevos desafíos, como el que tuve al experimentar un paseo en Boia, prendida como una garrapata y a todo rebote.
No es fácil partir de este lugar entrañable, sólo nos anima la ilusión de volver, porque la casa parece estar siempre lista para recibir huéspedes dispuestos a disfrutarla.   



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