martes, 26 de agosto de 2014

CroniCucas New York

CroniCuca New York 1: calzando zapatos cómodos.


Un viaje relámpago a Nueva York resulta un programa divertido, sobre todo cuando pasaron varios años desde nuestra última visita, y se acumularon demasiadas ganas para despilfarrar en pocos días.

Alojados por una amiga en un precioso departamento del Upper West Side, la ciudad nos invitaba a caminar hasta que los pies, más fatigados que nuestros ojos imploraban por un descanso. 

Siguiendo al pie de la letra el lema de mi marido "para sufrir hay tiempo", cada pausa era una oportunidad inmejorable para tomar café, elegir algo rico en el Whole Foods Market o disfrutar del espléndido paisaje de primavera del Central Park. Nos parecía entretenido observar tanto personaje variopinto en un entorno en el que todos parecían ser bienvenidos: jóvenes con blocs de dibujo buscando inspiración; ciclistas a toda carrera; niñeras con la atención repartida entre los niños a su cuidado y la animada charla con amigas del parque; chicos jugando sobre el césped; picniqueros desplegando su menú de mediodía; y turistas caminando a paso rápido detrás de un guía que, enarbolando un paraguas cerrado, pretendía llegar de inmediato a la siguiente parada.

Broadway fue para nosotros como la columna vertebral de Manhattan y nuestra calle de referencia en los desplazamientos a lo largo de la ciudad. Cuando las caminatas se nos hacían cuesta arriba y el destino elegido parecía inalcanzable, nos sumergíamos en la Red Line, en la que nuestro único inconveniente fue la torpeza inicial en el uso de la Metro Card (esto me hizo pensar en la necesidad de aprender a marcar mejor los tiempos y a mirar de reojo a Juilliard School, el lugar en que deambulan esos saberes). 

Durante 5 días, mapa en mano y familiarizados con los medios de transporte, fuimos visitando la ciudad: recorrimos las calles arboladas del Greenwich Village; nos refugiamos a la sombra en el Washington Square Park; y paseamos por las encantadoras callecitas del Soho cruzando de vereda en vereda para no perdernos de nada. Cuando mi entusiasmo en las boutiques se prolongaba más de la cuenta, buscábamos un bar con onda para hacer más llevadera la espera de un marido al que vestidos, zapatos y accesorios femeninos le aburren soberanamente. También visitamos galerías de arte en Tribeca y llegamos hasta el Ground Zero para admirar de cerca la Freedom Tower que, construida en el lugar de las Torres Gemelas, es actualmente la mas alta de New York; ¡¡me encantó!!, es linda desde donde se la mire y todo un símbolo que hace honor a su nombre.

Tratando de poner en práctica el apolillado dicho "al mal tiempo buena cara", un penoso día de lluvia se transformó en un programón gracias a la buena onda de nuestra amiga, que nos prestó un inteligentísimo BMW para ir a Woodbury. En el camino nos deleitamos con un paisaje de verdes resplandecientes, que bien podrían haber ilustrado un cuento de hadas, igual que las impecables casitas blancas que conformaban una pequeña ciudad de outlets con tantas ofertas tentadoras que el tiempo parecía esfumarse. 

Afortunadamente, en los museos todo el año es temporada, y una visita al MOMA fue un excelente programa para un día nublado porque, además de recorrer varias salas para visitar las mejores obras de arte moderno y contemporáneo, me deleitaba mirando la ciudad mientras permanecía a buen resguardo. Al finalizar el recorrido, y con el interés que despiertan las colecciones de diseño gráfico e industrial, el Moma Store parecía llamarnos como una nave nodriza para tentarnos con objetos sorprendentes por su diseño, color y practicidad.

Otro de los museos elegidos en este viaje fue el Frick Collection, la magnífica mansión sobre la Quinta Avenida, que nos gusta tanto como los tesoros que alberga. Recorrerlo con la audioguía nos pareció ideal ya que, además de una interesante descripción de las obras, explica la razón por la que forman parte de la colección (me parece que el buen ojo del señor Frick para el arte no tenía mucho que envidiar al que tuvo para los negocios).


CroniCuca New York 2: no solo engordamos las valijas y alimentamos el espíritu.

Como en la mayoría de los viajes, disfrutar de la buena cocina es el complemento ideal, y esta vez fue particularmente atractivo porque lo compartimos con amigos locales. Con ellos fuimos a wd~50, un restaurante fashion en el sur de la ciudad, en el que un chef muy creativo nos sorprendió con un menú superoriginal. ¿Quién podía imaginar un tartare de entraña, peras y salsa bernesa?, ¿un gazpacho de girasol, miso y huevas de trucha?, ¿o un lomo de cordero con cebada y queso de cabra? Pues allí disfrutamos de esta interesante degustación acompañada de buenos vinos, entre los que el Pinot Noir de Napa Valley resultó memorable.

En una visita al West Village almorzamos en Buvette, un simpático bistrot en el que la lista de espera se anota con tiza en los marcos de la puerta. Al observar que nuestro nombre estaba casi a la altura del dintel, salimos como una hélice a dar vueltas por Grove Street, la encantadora calle del restaurante, en la que se puede adivinar con facilidad la bohemia neoyorkina.

El menú de Buvette tiene platos simples y una extensa carta de bebidas, de modo que ceviche, croque monsieur, croque madame y vino blanco de “Napa” fueron más que suficiente para disfrutar de un ambiente simpático y divertido.

En el Soho aprovechamos un precioso día de sol para almorzar en Felix, un restaurante con una buena oferta de tragos, muy concurrido, bullicioso y bien dispuesto a celebrar cualquier conmemoración. Ubicados en una mesita al lado de la ventana, saboreamos una ensalada con queso de cabra tibio, un delicioso confit de canard y unas copas de vino blanco, mientras nos divertía tanto la movida callejera como los brindis y festejos de comensales a los que nos sumábamos levantando nuestra copa o cantando Happy birthay.

En 5th Ave. fuimos a comer al University Club, un elegante y exclusivo club de New York, en el que nos deleitamos con un formidable buffet. Al salir de allí la noche estaba brumosa, y decidimos caminar por la avenida descubriendo el perfil de los edificios emblemáticos apenas visibles a través de un borrón de luces. Era nuestra última noche en NY y no teníamos apuro por llegar porque el paisaje urbano lucía esplendoroso. 

Nuestras incursiones por el barrio de Chelsea fueron especialmente interesantes en cuestiones de gastronomía. Un paseo nocturno por el Meatpacking District nos permitió hacer un pormenorizado reconocimiento de bares y restaurantes entre los que optamos por el Spice Market, un restaurante especializado en comida asiática, con espaciosos ambientes de doble altura decorados con muebles y tallas de medio oriente. Tiene una enorme cocina vidriada y una barra desde la que se puede ver el trabajo de los cocineros y percibir el perfume de las especias. Los platos son de inspiración tailandesa, vietnamita e india. Me decidí por una sopa de pollo con leche de coco —realmente imperdible— y unas ribs glaceadas impecablemente deshuesadas para lograr un plato de estilo oriental. ¡Fue una excelente elección!

El Chelsea Market nos tentó a hacer más de una visita. La primera vez llegamos desafiando una copiosa lluvia y, aunque estábamos bien pertrechados para resistirla, debimos compensar el esfuerzo con un buen capuchino y lo más tentador que encontramos en la patisserie. 

Una vez repuestos empezamos la visita por el local de las especias: un lugar en el que parecían estar atrapados todos los aromas y sabores del mundo. Con un pote de la última cosecha de pimienta verde de Madagascar y otro de chily mexicano, para condimentar nuestro mentado matambre, seguimos el recorrido hasta llegar a Bowery Kitchen, el local en el que un cocinero puede encontrar prácticamente todo lo que necesita. Aunque mi marido no es un profesional en el tema, puede invertir tanto tiempo en ese lugar como si su futuro dependiera de ello. Obviamente no siento la misma atracción por cuchillos y afines, de modo que para preservar la buena onda del viaje me permití un divertido paréntesis en Anthropologie (negocio arrebatador) probándome vestidos, accesorios y unos delantales de cocina muy fashion. 



Volvimos al Chelsea Market antes de partir al aeropuerto para despedirnos de Manhatan con un almuerzo tardío en The Lobster Place. El Mercado estaba a full y para conseguir alguna de las escasas mesas que bordean la pescadería, hice un cuidadoso espionaje y negocié con tres coreanos que tenían cercada una de ellas con bolsos y valijas porque partían a Seúl esa misma tarde.

Temiendo que se nos enfriaran las langostas y se solidificara la salsa termidor, me comprometí a velar su equipaje mientras daban un último paseo. Todo parecía perfecto salvo la proximidad de la partida; entonces recordé un viejo dicho español: “A lo que no tiene remedio, litro y medio”.

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